Hace rato fui al mercado

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Hace rato fui al mercado

Los mercados públicos en México son lugares normalmente cálidos en su ambiente y en su trato; aunque a simple vista son caóticos y tal vez no tan limpios como quisiéramos, la gente que ahí va a comprar, los vendedores (a quienes llamamos marchantes), los cargadores, los niños que acompañan a sus papás, y en general todos ahí, tienen buena disposición para charlar y sonreír a la menor provocación.

Hace rato fui a mi mercado local de La Carolina, a comprar las cosas de la semana; bueno, yo no tengo el tiempo para ir todos los días, como lo hacen todavía algunas amas de casa; cada vez menos porque el ritmo moderno de vida no deja tiempo para la vida como la conocíamos antes.

Durante mi visita platiqué un poco con la familia de las verduras, sobre todo porque extrañé a Mary, quien siempre está despachando dentro de su local, detrás de un montón de jitomates, cebollas, calabacitas, lechugas y papayas, y muchas cosas más; pero esta vez en su lugar estaba Rogelio, a quien le pregunté por Mary. Me dijo que acababa de salir. Como siempre escogí las frutas y verduras que necesitaba y al final Rogelio me hizo la cuenta. Esta vez no compré mucho porque todavía tengo algunas cosas en el refrigerador. Yo quería una lechuga orejona, pero era muy grande y no me decidí a comprarla aunque Rogelio me dijo que me podía vender la mitad. Cuando ya me iba llegó la hija de Mary, a quien saludé.

Después me fui a Casa Botello, una tienda de abarrotes en donde también venden quesos y muchas otras cosas. A mi lado alguien pidió croquetas para “perro chiquito”. Yo pedí un cuarto de longaniza y medio queso fresco.

Enseguida fui a comprar pollo con un marchante que no tiene mucho tiempo vendiendo y que es muy simpático, siempre tiene algo innovador en su puesto; esta vez tenía “alitas a la diabla”, de las cuales le pedí 4 para probar. Pero lo que me llamó la atención es que había una señora muy humilde, ya grande, con una niña que parecía su nieta. Víctor, el marchante, le estaba dando mollejas, patas, hígados y todo lo más barato, cuando terminó de despacharle vi que le puso dos alitas “de pilón”. Solo le cobró $20 pesos. Pienso que la conoce y conoce sus angustias económicas y la quiso ayudar. La señora se despidió muy contenta y le dijo a la niña que se despidiera también y que le mandara un beso a Víctor; por supuesto la niña le mandó un beso, y luego la señora le dijo que se despidiera de mí y que también me mandara un beso ¡Qué dulce! Y la sonrisa de la señora era de felicidad por tener algo de pollo en su mesa. Enseguida yo le pedí piernas con muslo para freír, y las “abrió” un poco para que se frieran mejor; él me lo sugirió. Todavía no sé si me “albureó”… después hablamos ampliamente de esa picardía mexicana del “doble sentido”. También me dio mi pilón: unas papas para freír que acababa de cortar y que quería que las probara. La semana anterior me dio una pierna y le puso una salsa que él mismo prepara.

Ya para terminar fui a la tortillería y el chico de ahí me ofreció una tortilla calientita para un “taquito”. Por supuesto tenían al lado una salsita y sal para hacernos un taquito “como Dios manda” con una deliciosa tortilla recién salida de la máquina.

El supermercado es rápido, frío y eficiente, pero el mercado público es buen precio, frescura, pero sobre todo, calidez humana.

Carlos

Carlos Brito

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